Virginia_Woolf

!Y qué razón tenía Virginia Woolf!

Cuando era pequeña,  me dijeron que a veces soportar hasta no poder era un modo de lograr aquello que más querías. Me dijeron que el famoso: “¡Estate quieta y obedece a la primera!, era el imprescindible en la candidatura a hijas perfectas. Me enseñaron a que si alguien se pasaba conmigo reaccionara, pero que dependía de quién se tratase. Sin embargo, lo que no me enseñaron es que yo misma tengo la capacidad suficiente para minarme. Que yo podía ser mi peor enemigo, que nadie externo hacía falta.

Cuando era pequeña no empezaba a construir un castillo sin fijarme de donde procedían cada una de las piezas. Sabía que los troncos los había cogido del campo de detrás de mi casa de verano, el cordel de casa de mi vecino y las tijeras de mi casa. Las cogía y las amontonaba de la manera que me parecía más conveniente. Troncos, cajas, cojines, todo valía y nada se desperdiciaba.

Conforme pasaba los veranos de mi infancia en el pueblo, tenía más claro que hacer con cada una de las piezas para que del mejor castillo se tratara. Sin desprestigiar mis capacidades. Sin culparme. 

El plan que trazaba para construir un castillo era algo parecido a esto:

 1- “ Necesito la mejor base de tierra. Para eso la alisaré y alisaré si hace falta. Así cuando clave los troncos será más fácil”. 

2- “Cavaré los agujeros necesarios, sin pasarme. Pero antes necesito encontrar materiales fuertes”.

3- Buscaba troncos y los apilaba según para que me fueran útiles. Las telas que tapan algunos campos me parecían una buena opción para cubrir el techo. También podía conseguir que alguna vecina me regalara una manta blanca colección primavera-verano 1800. Y si nos ponemos tontos, una caja de naranjas era lo último en sillas de interior.

4- Compartía estos momentos con amigos y familia. Observaba en qué eran buenos. 

Los dones. La fortaleza. El impulso. El cambio. La superación. La creatividad. La vida. La infancia. Todos esos momentos iban de la mano con el juego.

Cuando era pequeña sin darme cuenta hacía simple lo complicado. Era capaz de buscar una base sólida. Capaz de trabajar en ella para facilitar mi camino. Capaz de buscar lo mejor para mi, sabiendo elegir. Observar y crear lo conveniente a base de acierto-error. Llorar en público lo que hiciera falta. Capaz de pedirle a una vecina lo que necesitaba, de externalizar mis necesidades. Compartir con amigos, observar lo que les pasaba.

El adulto por norma general es mucho menos simple,  menos creativo y parece ser que ve menos, o directamente no quiere ver. Como adultos, debemos de encontrar el punto exacto en que creatividad y madurez se unan y se conviertan en madurez emocional. El punto en que amistad y amor se conviertan en alianza. En el que vida y razón sean paz.

Te invito a pararte a pensar en el ejemplo más similar al que te he planteado de tu infancia. Ahí estoy segura que sí te parabas a trazar un plan para contruir aquello que querías. Ahí sí que no tenías intereses o miedos que hicieran tambalear tus respuestas. Y si los tenías eras capaz de adaptarte y salir adelante. Valentía, iniciativa y “pedir ayuda”. Sin fallarte, sin miedo al que dirán. Y qué razón tenía Virginia Woolf: “No se puede encontrar la paz evitando la vida”.